jueves, 5 de mayo de 2011

El castillo medieval I


La necesidad del hombre de buscar la forma de protegerse de agresiones procedentes de otros hombres, animales, etc., es casi tan antigua como la humanidad misma. No voy a perderme en divagaciones acerca de los orígenes de las fortificaciones, porque ni es el objeto de este blog, y sería además tan prolijo que harían falta tropocientas entradas solo para entrar en antecedentes. Así pues, nos ceñiremos a la tipología medieval, que es la que nos encontraremos en Portugal.
El castillo medieval tal como lo vemos hoy día nació de simples torres rodeadas de una empalizada y, a lo más, un foso. Obviamente, hablamos de una herencia de la cultura romana, cuyos ingenieros militares llevaron a cabo fortificaciones de proporciones admirables. En fin, vamos al grano, que sino me enrollo más de la cuenta.
En Portugal, contrariamente a lo que vemos en España, la inmensa mayoría de los castillos, aunque en muchos casos fueron edificados sobre anteriores fortalezas de origen árabe, a base de sucesivas reformas les dieron un aspecto y una morfología sui géneris, ya que tanto los materiales usados para su fabricación como la distribución de sus diferentes elementos son propios del castillo románico o gótico. El croquis inferior nos permitirá verlo con más claridad:

En el dibujo podemos ver una distribución convencional. Obviamente, su planta y forma son una mera suposición, ya que este tipo de edificios, al contrario de los fuertes, no solían obedecer a patrones constructivos tan estrictos. Salvo sus elementos esenciales, su forma, número de torres, etc., iban en función de la orografía del terreno, adaptándose al mismo. En todo caso, siempre se buscaban dos factores que se tenían muy en cuenta:
1: Una posición elevada, con lo que tenían mejor control visual sobre el territorio e impedían la aproximación de máquinas de asedio
2: Edificarlos sobre una base rocosa a fin de impedir su minado, así como disponer de una cimentación resistente a ultranza.
En cuanto a sus elementos defensivos, como se ha dicho, se ceñían al espacio disponible y a las necesidades de tipo estratético. Así, podían contar con una falsabraga o no, o con foso, o sin el mismo, y con más o menos torres en función de la necesidad que hubiere para defender las murallas. Lo que nunca faltaba era la torre del homenaje, parte esta a la que se dedicará una entrada para estudiar sus diferentes tipos y morfologías. De cada una de sus diferentes elementos ya iremos haciendo el estudio pertinente. Esta entrada es simplemente para poner al personal en antecedentes, así como para irnos habituando a usar la terminología de cada parte del edificio. En sucesivas entradas, se estudiarán sus diferentes elementos defensivos, como matacanes, aspilleras, etc., los distintos tipos de torres, las defensas exteriores y, por supuesto los tipos de aparejo y materiales usados para su construcción.
Muchas de las poblaciones actuales de Portugal fueron en su día cercadas por murallas que permitían a la población tener un mínimo grado de seguridad. Así mismo, la corona se cuidó mucho de edificar castillos en dichas poblaciones para, aparte de ejercer un control militar sobre el territorio, ser un último enclave de resistencia en caso de invasión. Por ello, la mayoría de castillos que visitaremos se encuentran en dichas ciudades, siempre en cotas dominantes o bordeando el curso de un río. Estos edificios, dados en tenencia a las órdenes militares o a la nobleza, se guarnecían con tropas profesionales, que, en caso de necesidad, se podían reforzar con los hombres útiles de la población. En aquella época, cualquiera sabía manejar con más o menos destreza un arma, aunque fuese de circunstancias, como una simple címbara o una horca.
Dicho esto, se elaborarán sucesivas entradas para explicar con detalle las siguientes partes del castillo medieval:
1: Fortificaciones exteriores, como la falsabraga, la coracha y la barbacana
2: La muralla, con sus diferentes partes: parapeto, adarve, almenado, rebotadero y paradós.
3: Las torres de flanqueo y sus diferentes tipos: cubos, tambores, albarranas y escaraguaitas.
4: La torre del homenaje
5: Los aljibes
6: Las puertas en sus diversas variantes
7: Los elementos defensivos, como matacanes, cadalsos, fosos, aspilleras y troneras
8: Morfología de los castillos románicos, góticos, abaluartados, así como las atalayas, torres señoriales, puentes fortificados y las iglesias fortificadas
9: Tormentaria, engenhos, y técnicas de asedio
10: Vida cotidiana en un castillo
y 11: Lo que ahora mismo no caigo, pero que si se me ocurre caerá


Como se ve, el tema da para mucho...


Castillo de Guimarães


Distrito de Braga
Coordenadas: 41º 26' 52" N // 8º 17' 25" O
Acceso desde España: Las rutas son diferentes dependiendo de la zona de España desde donde se viaje, por lo que establecer una ruta concreta carece de sentido. En todo caso, el castillo se levanta dentro del núcleo urbano, así que no conlleva ninguna dificultad dar con él.

El origen de esta forticicación hay que buscarlo allá por el siglo IX, cuando aún Portugal no era una nación independiente, sino un territorio del reino de León. El nombre que recibía en aquellos tiempos aquella comarca era Vimaraes. Vimaraes fue dado en feudo a un caballero castellano, por nombre Diego Fernández que, a la muerte de su suegro, recibió el título de conde de Portucale, creándose así el condado que, 200 años más tarde, se independizó de la corona leonesa y pasó a ser Portugal. El conde tuvo varios hijos, y una de ellas, Mumadona Díaz, casada con el conde Hermenegildo González, al enviudar  paso a convertirse en una de las mujeres más ricas y poderosas del reino.
Mumadona, como solía ser habitual entre las ricashembras de su época, era una mujer piadosa y muy dada a favorecer a la Iglesia en todo lo posible, así que fundó un monasterio bajo la advocación de   São Mamede, llamado también monasterio de Guimarães, en una zona elevada llamada Monte Largo. Debido al constante estado de alarma creado tanto por posibles invasiones andalusíes procedentes del sur de Coimbra, como por las razzias llevadas a cabo por contingentes de normandos que desembarcaban en las costas en busca de botín, Mumadona mandó edificar un castillo en 958 a fin de proteger a los frailes en caso de ataque. Obviamente, este castillo no es el que podemos admirar actualmente, sino una torre fuerte rodeada por una empalizada. Pero al abrigo de esa torre, como solía ser habitual, nació la actual población de Guimarães.
Esta villa fue parte de la dote otorgada por Alfonso VII de León a su hija bastarda Teresa cuando se casó con Enrique de Borgoña, como ya se explicó en la entrada dedicada al génesis de Portugal, y cuna del que sería el primer rey portugués, Alfonso Henríques. Previamente, el Borgoña mandó derruir la antigua torre mandada edificar por Mumadona y, en el mismo emplazamiento, levantó el castillo que vemos actualmente. Pasemos a estudiar su aspecto con más detalle.

El castillo tiene una planta triangular, similar a la de un escudo cuya punta está orientada hacia el SE. No es un edificio de grandes proporciones, ya que tiene por su extremo más largo unos 50 metros de longitud, y unos 30 de ancho. Sus altas murallas de sillería de granito bien labrada está protegida por ocho torres distribuidas de la siguiente forma:
Dos al norte, en cada esquina del triángulo que forma su planta. Una al sur, en la punta del mismo. Dos en el flanco oeste, protegiendo la puerta principal, y otras dos al este, guardando la segunda puerta de acceso al recinto. Todas ellas cuentan con su parapeto y merlones prismáticos.
                                                                                                                                                        
La foto de la izquierda permite ver el imponente aspecto que ofrece la fortaleza. En el centro destaca su enorme torre del homenaje (de 12 metros de lado), que podemos ver con más detalle en la foto de cabecera y que, conforme a un diseño importado por los templarios, queda exenta dentro del patio de armas, y solo se puede acceder a ella a través de una pasarela desde el adarve de la muralla. Más de un castillo en Portugal podremos ver con esta pecualiaridad ya que, además, la controvertida orden militar gozó de gran predicamento con la corona portuguesa. Pero de eso ya se hablará en su momento, cuando toque detallar la influencia de las órdenes militares en el país vecino.
Una vez traspasamos la puerta de entrada, nos encontraremos con un patio de armas de reducidas dimensiones, con el terreno sin allanar y aflorando en él las rocas sobre las que está construida la fortaleza. En el lado norte veremos lo que queda de una pequeña alcazaba edificada hacia el siglo XIV y en la que podremos obervar que contaba con dos plantas, separadas por un entresuelo de madera hoy desaparecido, y dos chimeneas de piedra. La techumbre, también desaparecida, era un tejado a dos aguas, como atestigua la regola que hay en cada uno de sus muros laterales. Rodeando la imponente mole de la torre del homenaje llegamos a la segunda puerta, donde hay unas escaleras que nos llevan al adarve y, por ese camino, a la pasarela que nos permiten acceder a la torre.

En la foto de la derecha podemos ver la pasarela de marras. En su tiempo, como es lógico, debió ser levadiza, como demuestran las ménsulas que hay en el muro junto a la misma. Al no observarse junto a la puerta orificios para las cadenas, cabe pensar que el mecanismo se accionaba desde la azotea. Sobre el dintel vemos una abertura, destinada a hostigar desde ella a posibles atacantes.
Ya dentro de la torre podemos ver que cuenta con tres amplias cámaras, a las que se accede mediante escaleras de madera. Así mismo, las entreplantas son de madera, sustentadas mediante un grueso pilar central de forma cuadrangular y ménsulas en los laterales del muro para apoyar las jácenas sobre la que iba el entarimado. La torre, desde la puerta hacia el suelo, es completamente maciza, y no dispone de más entradas de luz que aspilleras en sus cuatro costados. El techo a cuatro aguas de su azotea no es de la época, ya que en aquellos tiempos debió disponer de una terreza totalmente despejada para facilitar el movimiento de tropas en caso de defensa.

Esta última foto es de la antigua alcazaba comentada más arriba. Al no haber en todo el edificio nada que indique la existencia de un aljibe, cosa lógica por otro lado al estar basado sobre una base rocosa, es probable que la cisterna estuviera situada sobre el nivel del suelo, precisamente bajo esa alcazaba. En todo caso, es una suposición mía, ya que era habitual que, cuando no se podía poner la cisterna bajo tierra, constuirla a modo de alberca cubierta. Es más que evidente que una fuente de agua no podía faltar en una fortificación, y más en una de esta impotancia.
El castillo está abierto al público y la entrada es gratuita salvo para subir a las cámaras de la torre, para lo que cobran 1,50 € por persona. Incluso se puede acceder a la azotea, que es desde donde se tomó esa foto, a través de una angosta y empinadísima escalera de madera no apta para gente con vértigo.
Una vez terminemos la visita, recomiendo ir a tomarse una Sagres fresquita a la plaza de la República del Brasil donde, además de descansar un rato, podemos disfrutar con la contemplación de los jardines y la iglesia de San Gualter. Y el que no quiera Sagres, pues que se siente en el velador de al lado, donde hay una pastelería estupenda. Aviso a golosos: los pasteles de Portugal son la releche de buenos,  así que ojo con pasarse.

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